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28 dic 2010

Oymyakon, el lugar mas frío de la tierra

4 comentarios

Un texto muy interesante de Andreas Albes sobre Oymyakon, el lugar habitado mas frío de la tierra. Merece la pena leerlo completo.

A MENOS 51ºEl lugar más frío de la Tierra Andreas Albes 13/01/2008
Los habitantes de Oymyakon, en la república rusa de Yakutia, nacen, crecen, se reproducen, sueñan y mueren prácticamente congelados. Su localidad batió récord en 1926: –71,2 grados. Una breve visita.Cuando los pescadores de Oymyakon, en Rusia, extraen un pez de las aguas cubiertas de hielo, bastan 30 segundos para que esté congelado: tieso como una tabla. Aquí la leche no sabe de estado líquido: sólo se vende en bloques helados de color mármol. A partir de 52 grados bajo cero dan día libre en la escuela, y el gran acontecimiento del año es el Festival del Polo de Frío. Entonces, Dschis Chan, el señor del invierno yakuto, encarnado por el profesor de gimnasia de la localidad, invita a sus colegas Padrecito Invierno de Moscú y Santa Claus de Finlandia a comer filetes de reno y a ponerse ciegos de vodka. La última vez, Santa Claus casi echa a perder la fiesta porque se bebió nada menos que 10 botellas en 48 horas para combatir el frío. Oymyakon es el polo helado de la Tierra; en 1926 alcanzó la temperatura más baja registrada jamás en territorio habitado: 71,2 grados bajo el punto de congelación. La localidad está situada en el noreste de Rusia, en una meseta a 750 metros sobre el nivel del mar: allí donde el invierno dura como mínimo nueve meses.Pues bien, para alcanzar este lugar irreal aguantamos (es noviembre) a 34 grados bajo cero en el aeropuerto de Jakutsk, esperando a que por fin se abra la puerta del avión, que se ha congelado por completo.

A bordo del aparato de hélice, con cortinas azul claro en las ventanillas, los pasajeros llevan botas de piel de reno. La azafata reparte periódicos. Y en ellos se lee que, en algún lugar de las montañas, un criador de renos resultó gravemente herido al caer del caballo y tuvo que esperar semanas a que acudieran en su ayuda, así que en el ínterin se amputó él mismo los dedos de los pies helados con un cuchillo de monte y logró sobrevivir. La foto muestra a un nativo típico, menudo y vigoroso, de cara pálida, mejillas redondas, nariz chata y ojos que asoman por unas ranuras diminutas.
Dos horas y media después aterrizamos en Ust-Nera, nido de buscadores de oro, donde la temperatura alcanza los 42 grados bajo cero. Son poco más de las tres de la tarde y el sol ya se pone por el horizonte. Proseguimos viaje en un microbús con cristales dobles, fijados con cinta adhesiva, que impiden que se forme una gruesa capa de hielo en el interior. Cuando Vladímir Putin visitó la región, el gobierno local avisó de que no se les ocurriera mandar por avión un Mercedes oficial sin doble acristalamiento. El Kremlin ignoró la recomendación y el coche del presidente no pasó de la primera valla publicitaria, justo detrás del aeropuerto.

Kolya, nuestro chófer, tiene una fina barba a lo Gengis Jan. Tras cuatro horas salvando baches y ríos helados, nos anuncia: “A partir de aquí se acabó la carretera en buen estado”. Seguimos por la autopista de Kolyma, la vía que Stalin hizo construir utilizando presos como mano de obra para poder explotar las riquezas naturales de Yakutia, sobre todo el oro. Cada 30 kilómetros había un gulag. La mayoría de los presos moría al cabo de tres meses. Se les enterraba bajo la calzada. Y punto. “Aquí yace un muerto cada cuatro metros”, nos explica Kolya. Por eso la autopista de Kolyma también se llama “carretera de los huesos”.

Llegamos a Oymyakon hacia las tres de la madrugada, a 51 grados bajo cero. Por debajo de menos 45 grados, la gasolina se congela, y por eso Kolya nunca apaga el motor de nuestro autobús. El frío quema como si uno se hubiera embadurnado la cara con una pomada para activar la circulación; la primera bocanada de aire casi revienta los pulmones, y al cabo de medio minuto la nariz está entumecida. Kolya nos asegura que eso no es nada. “A partir de los 64 grados bajo cero, uno puede oír cómo se hiela el aliento, siente cada hueso del cuerpo como si estuviera congelado y los escupitajos aterrizan en el suelo en estado sólido”. A semejante temperatura no hay prenda en el mundo que pueda mantenerle a uno caliente más de 15 minutos. Oymyakon debe su clima extremo a las cadenas montañosas que la rodean, y que impiden que escapen las pesadas masas de aire frío que cubren el valle como si fueran de plomo. Aquí impera una calma chicha todo el año. Eso hace que el frío sea relativamente soportable y permite que la temperatura alcance en verano los 35 grados.

Una vez que ha amanecido, tampoco se ve gente por la calle; las columnas de humo se elevan derechas como una vela por encima de las casas sobre un cielo sin nubes, y las antenas parabólicas permiten adivinar a qué se dedica la mayoría de sus moradores. La localidad cuenta con 2.300 habitantes; la mayor parte vive como hace cien años, televisión aparte. En lugar de cuartos de baño, levantan en el jardín unas barracas de madera sin calefacción, y bloques de hielo ante la puerta sustituyen el agua corriente. Hay un par de teléfonos privados, y sólo tienen radio los que pueden permitírselo. “El más mísero de los trabajos es el de criador de caballos”, comenta Fiodor. Él es uno de ellos. Con el cuerpo oculto bajo varias capas de pantalones y chaquetas, y con una gigantesca gorra de piel de zorro en la cabeza, está ahí plantado en un prado en las afueras, con pinta entre yeti y astronauta. Los criadores, explica, se pasan el día al aire libre porque los famosos caballos salvajes yakutos, que se sienten especialmente a gusto en esta estepa, desprecian cualquier tipo de establo. Devoran nieve y la hierba bajo ella.


A pesar de que estos animales tienen una pinta inofensiva, con sus patas cortas y su pellejo hirsuto, lo cierto es que sólo se dejan domesticar a regañadientes. Al intentar juntar la manada, Fiodor es derribado por su semental en dos ocasiones. Patalea tumbado boca arriba, sin poder ponerse en pie, envuelto en sus gruesos ropajes. Los caballos salvajes de Oymyakon se han utilizado incluso en expediciones al Polo por su resistencia. Fiodor prefiere sacrificarlos porque su carne grasienta está repleta de vitaminas y se considera una exquisitez.
La mayoría de los habitantes de Oymyakon vive de la caza de martas y liebres, o bien crían vacas y renos. La única industria es una pequeña fá­brica de leche que deja de funcionar en octubre. El invierno es demasiado frío para las vacas, así que no dan leche, y los campesinos cubren las ubres de los animales con sacos de piel para que no se enfríen. De todos modos, la leche no se echa a perder: se conserva congelada en los sótanos, a un metro bajo tierra, donde reina una temperatura constante entre 10 y 15 grados todo el año.
Los suelos de Yakutia sólo se deshielan superficialmente de junio a agosto, y quedan cubiertos por una capa de fango que hace prácticamente imposible instalar vías de ferrocarril. Los edificios de cemento de gran tamaño han de construirse sobre pilotes, que se hincan en la tierra a varios metros de profundidad para que no se hundan. Pero en Oymyakon no hay otra cosa que cabañas de madera. El suelo es extraordinariamente fértil, y en verano, la naturaleza literalmente estalla. Pero el lodo alberga también millones de larvas de mosquitos.En la era soviética, el valle era famoso porque en él vivían algunos de los hombres más ancianos del país.
El mayor era Fiodor Arnosov, un cazador que murió en 1967 a los 109 años. El doctor Innokenti Novgorodov, que trabaja en la pequeña policlínica, nos cuenta que antes sólo sobrevivían los niños más fuertes y sanos. La tasa de mortalidad infantil era enorme, y las mujeres traían al mundo hasta 18 hijos. Además, la gente no bebía alcohol porque no había ningún supermercado que vendiera vodka, y tampoco se pasaba la vida sentada delante del televisor.
El doctor Novgorodov lleva unas gruesas botas de fieltro bajo la bata blanca, los dedos le tiemblan un poco. Tiene 71 años. La asistente sanitaria que trabaja con él tiene 72. El partido le destinó a Oymyakon hace décadas, rememora sin pesar; pero hoy día la cosa ya no funciona así, y por eso resulta difícil encontrar a quien les reemplace. Por otro lado, uno no puede hacer nada por los pacientes. El pequeño hospital de paredes azul claro resplandece de puro limpio, pero faltan medicamentos, sobre todo antibióticos, y no hay ni sala de operaciones, ni un aparato de rayos X. Las 11 camas están ocupadas en su mayoría por enfermos de cáncer a los que no pueden –o no quieren– ayudar en ningún otro sitio.

Novgorodov nos cuenta que hace poco encargó que llevaran en microbús a Ust-Nera a una mujer de 37 años con cáncer de hígado; una vez allí, los médicos decidieron que había que enviarla al hospital central de Jakutsk. Pero en lugar de subirla a un avión, la mandaron de vuelta a Oymyakon. De allí salió de nuevo el microbús rumbo a Jakutsk siguiendo la ruta directa, un viaje de 35 horas. La mujer murió en el camino. Novgorodov se encoge de hombros.
En la vasta Siberia, una vida no cuenta demasiado.Yakutia es la república rusa más grande en lo que a superficie se refiere: tres millones de kilómetros cuadrados, unas seis veces España. Además es una de las regiones más ricas de la Tierra: posee reservas de platino, plata, uranio, minerales con contenido metálico, carbón, petróleo, gas… El 40% del oro ruso se extrae de Yakutia, así como uno de cada cinco diamantes del planeta.
Pero sus 950.000 habitantes (densidad: 0,31) viven apenas por encima del mínimo de subsistencia; toda la riqueza va a parar a Moscú.Los yakutos son un pueblo turco que ha seguido hablando su propio idioma hasta nuestros días. Colonizaron Siberia en el siglo XIV desde el Baikal, pero luego los rusos los fueron desplazando a regiones cada vez más septentrionales. Así es como llegaron a Oymyakon en 1640. El valle parecía ideal para establecerse, puesto que el río Indigirka no llega a congelarse ni con las más duras heladas debido a la gran velocidad a que circulan sus aguas.

En la II Guerra Mundial, Oymyakon cobró importancia estratégica, pues repostaban los bombarderos estadounidenses que atacaban Alemania por el este. Pero una vez concluida la era soviética, el aeródromo quedó abandonado y fue convirtiéndose en una ruina.El subteniente Smirnov nos recibe en el negociado de la milicia, sentado bajo un retrato al óleo de Iósif Stalin. Smirnov es uno de los tres policías de la localidad; nació aquí hace 32 años. “Oymyakon le debe mucho a Stalin”, comenta. Sin él no habría existido la autopista de Kolyma, y probablemente la localidad habría permanecido aislada del mundo exterior hasta hoy. Muchos piensan igual, a pesar de haber perdido parientes en los gulags.

La porra de Smirnov se balancea colgada en el ropero. No consigue recordar cuándo la utilizó por última vez. Aquí la mayoría de los delitos están vinculados al alcohol; cada pocos años se comete un homicidio. Pero las vecinas dan bastante que hacer: se denuncian constantemente; por ejemplo, porque la vaca de una se ha zampado la ropa tendida de la otra. Gracias a Dios, rara vez hay accidentes. Hace no mucho, un agricultor se cayó en la carretera y no vio un rebaño de renos que se aproximaba. Le arrollaron.Como ocurre por doquier en la provincia rusa, aquí también se escucha a menudo la frase “en la Unión Soviética vivíamos mejor”. De hecho, había vuelos en helicóptero a Jakutsk dos veces por semana, e incluso un cine. Nadie sentía la tentación de marcharse lejos porque se intuía que en cualquier otro sitio las cosas tampoco eran mucho mejores.

Pero ahora todo el mundo ve por televisión cómo se vive de Moscú a Malibú, y se da cuenta de que Oymyakon no sólo es la provincia, sino el verdadero fin del mundo.La escuela no ha tenido nunca calefacción en condiciones hasta el año pasado, los niños daban clase con el abrigo puesto. Son 300; hacia finales de la era soviética sumaban aún 400.
Los jóvenes sueñan con tener un café, móviles, un cibercafé o que la discoteca de la escuela vuelva a funcionar. Pero, desgraciadamente, el equipo estéreo lleva años estropeado.
Al menos, la Casa de la Cultura organiza veladas de baile una vez por semana con música de Boney M o, como este mismo sábado, un concierto de guimbardas con concurso de canto incluido.La sala sin ventanas está abarrotada. Bajo los abrigos de piel se asoman minifaldas y alguna que otra camiseta que deja el ombligo al aire. Las botas de reno han sido sustituidas por tacones altos. Los hombres llevan corbata. Los jóvenes rebosan optimismo, todos planean hacer carrera como abogados, médicos o managers. Pero –nos cuenta Saina, de 16 años– las mujeres deben casarse, tener hijos y estar de vuelta en Oymyakon como mucho antes de los 24.

El depositario de las esperanzas de la localidad es un hombre que los lugareños llaman con orgullo su “oligarca”. Alexander Krylov, de 33 años, alto, delgado, nacido aquí de padre médico, reunió un pequeño patrimonio comerciando con material de construcción en Jakutsk y luego regresó. Tiene seis hijos de tres mujeres y una visión: traer turistas. Para ello ha creado el Festival del Polo de Frío y la elección de Miss Polo de Frío. Además ha construido el primer hotel con agua corriente caliente en cada una de sus 10 habitaciones.
Y lo cierto es que han venido turistas. Ilse y Elke, por ejemplo, dos jubiladas europeas de las que aún se habla en el valle, porque hasta entonces los lugareños sólo habían visto vegetarianos en la tele. O el actor de Hollywood Ewan McGregor, que llegó a lomos de su motocicleta en verano.
Incluso un jeque de carne y hueso se acercó el pasado febrero.
Caminaba pesadamente por la nieve envuelto en ropajes blancos, e insistió en que le pusieran un sello en el pasaporte en la Administración municipal como prueba de que había estado realmente en el polo de frío. Su alteza, propietario de los más nobles purasangres, arrugó la nariz al contemplar los desgreñados caballos salvajes paticortos. Debieron parecerle poco menos que burros gordos. Pero cuando le explicaron que habían participado en la expedición al Polo Norte, decidió comprar uno por 1.000 dólares. Inspeccionó la pista de aterrizaje de la II Guerra Mundial y anunció que enviaría un avión a recoger al animal. Desde entonces, en Oymyakon esperan la llegada del primer avión privado procedente de Dubai.

22 dic 2010

La cicatriz de Gagarin

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Un misterio rodeó durante décadas la figura de Yuri Gagarin. En todas las fotografías tomadas a partir de octubre de 1961, el primer cosmonauta de la historia lucía una aparatosa cicatriz encima de su ojo izquierdo. Los expertos censores soviéticos intentaron maquillarla todo lo posible en las imágenes oficiales, pero era imposible no verla en las entrevistas cara a cara. Cuando la prensa le preguntó finalmente por la herida, el bueno de Yura respondió "me caí sobre una piedra mientras jugaba con mi hija". Asunto zanjado. Nadie volvió a hablar de la cicatriz de Gagarin. Sin embargo, la verdad era otra y habría que esperar a la caída del telón de acero para descubrirla.

La cicatriz de Gagarin sobre su ojo izquierdo en una foto posterior a octubre de 1961 (derecha) comparada con una imagen anterior (izquierda).



El 12 de abril de 1961, Yuri Alekséievich Gagarin se convertía en el primer ser humano que alcanzaba la órbita terrestre. Inmediatamente fue declarado héroe nacional y se transformó en todo un símbolo viviente de los éxitos del socialismo real. Como embajador del sistema soviético, Gagarin recorrería el globo en cuestión de meses, rodeado de todo tipo de lujos y prebendas desconocidas en la URSS de la época. Tuvo que ser todo un impacto psicológico para este tímido y modesto piloto de apenas 27 años. Aunque Gagarin no registró por escrito sus impresiones, por suerte contamos con otro testigo de excepción: el general Nikolái Petróvich Kamanin. Encargado del centro de entrenamiento de cosmonautas (TsPK), Kamanin solía acompañar a Gagarin y al resto de cosmonautas en sus viajes internacionales. Militar estricto y disciplinado, el general anotaba todas sus experiencias en un detallado diario que sería publicado en 1995. Entre miles de entradas, hay una curiosa referencia al misterioso accidente que sufrió Gagarin.

En octubre de 1961, apenas seis meses después de su histórico viaje, Yuri se encontraba de vacaciones en el balneario de Foron (situado en la península de Crimea) junto con su esposa Valentina y sus hijas Elena y Galina. Además de Gagarin, coincidieron en el balneario Kamanin y el segundo cosmonauta de la historia, Gherman Titov. Según los diarios de Kamanin, Gagarin y Titov se dedicaron a beber en exceso por las noches, práctica que por lo visto venía siendo habitual en los últimos meses.

Gagarin con su familia.

El 3 de octubre, Kamanin nos cuenta como un Gagarin muy borracho se dedicó a flirtear con una de las enfermeras del balneario. El cosmonauta llegó a duras penas hasta la habitación de la chica, situada en un segundo piso. Poco después, su mujer empezó a buscarlo por todo el complejo, hasta que llegó a la habitación donde estaba "escondido". Al escuchar los gritos de su esposa, a Gagarin no se le ocurrió otra cosa que saltar por el balcón, con tan mala suerte que su pie se enganchó en unas viñas que estaban enroscadas en la barandilla y cayó de cabeza contra el suelo. El golpe fue tan fuerte que el joven cosmonauta sufrió un severo traumatismo craneal y se fracturó varios huesos. Tras ser transportado urgentemente hasta el hospital, fue sometido a una operación para reconstruir su cara.




En estas imágenes se aprecia la cicatriz de Gagarin.



Foto anterior al "incidente".
Gagarin permanecería tres semanas ingresado y, cuando finalmente se pudo ver en el espejo, quedó horrorizado por la cicatriz que ahora cruzaba su frente sobre el ojo izquierdo. El cosmonauta se quejó de los resultados de la operación al doctor Vladímir Golyakhovsky, uno de los médicos del TsPK. Años después, Golyakhovsky confesaría que había recomendado al cosmonauta someterse a una operación de cirugía estética en Occidente, algo que obviamente hubiese sido inaceptable de cara a la cúpula política de la URSS. Para mayor ofensa, por culpa del accidente Gagarin no pudo participar en el 22º Congreso del Partido Comunista, que se inauguró el día 17 de octubre de 1961. De hecho, el díscolo cosmonauta ya había recibido un toque de atención del Partido a raíz de su reciente comportamiento, por lo que la cicatriz del "incidente Foron" permanecería como un recordatorio indeleble de los excesos de una vida decadente.

Ironías del destino, Gagarin no sufrió ningún percance durante su primera y única misión espacial, pero estuvo a punto de matarse al saltar desde un simple balcón en Crimea. Por supuesto, esta historia no denigra en absoluto la memoria del primer cosmonauta de la historia. Todo lo contrario. Nos demuestra que los héroes son también seres humanos, con sus imperfecciones y defectos, como cualquier hijo de vecino. Porque, por encima de todo, Yura siempre será el primero.
Las mujeres, la perdición del cosmonauta (aquí con Gina Lollobrigida).


Las mujeres, la perdición del cosmonauta (aquí con Gina Lollobrigida).

Notas:

Yura (Юра) es el diminutivo ruso de Yuri (Юрий).

Referencias:
Skrytiy Kosmos. Kniga 1 (1960-1963), Nikolai Kamanin (Infortekst-IF, 1995).
Russian Doctor, Vladimir Golyakhovsky (Marek, 1984).
Gagarin, Mark Wade (astronautix.com).


Post reeditado de:danielmarin.blogspot.com

17 sept 2008

Guiri

2 comentarios

(Acort. del vasco guiristino, cristino).

1. m. coloq. Ál. tojo (‖ planta papilionácea).

2. com. Nombre con que, durante las guerras civiles del siglo XIX, designaban los carlistas a los partidarios de la reina Cristina, y después a todos los liberales, y en especial a los soldados del gobierno.

3. com. coloq. Turista extranjero. La costa está llena de guiris.

4. com. coloq. Miembro de la Guardia Civil.


Fuente:RAE